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domingo, 6 de mayo de 2012

Maude

Y así, te olvidé: parte de ti, al menos:
Ahí, sentado en una silla de arena con un cenicero de arena.
Hace unas semanas había, finalmente, aprendido que los castillos en la arena no duran una noche.
Ahí, bajo la luna llena, en el lugar donde el mar quiere seguir subiendo, efervescente espuma blanca brillando del goce del contacto con la arenosa piel de la tierra.
Ahí pensé en ti y en lo efímero de la vida, sus días y sus momentos. ¡Efímera tú también!
Ahí dejé en cenizas, en una noche sin viento, el efímero dolor de escucharte decir las cosas que imaginaba hacerte decir, una vocal a la vez.
Así, en un momento que duró unas cuantas pitadas de un cigarro, le conté al mar de ti.
Dijo que te conocía, pero no dijo nada más. ¿O fuiste tú la que e dijo que lo conocías? Ahora sabe más de ti. ¿Qué hará con las cenizas?
Dicen que el mar devuelve todo lo que no necesita. No es así. El mar sólo devuelve lo que uno necesita encontrar.
A mi me quitó un zapato hace algunos años y me dio una luz el otro día. Huele a ti, salada.
Yo le pido al mar que hoy te devuelva para saludarte con un beso mañana.
Lo efímero también dura mucho tiempo.
Ahora que lo pienso, no fue que te olvidé. Fue que me acordé que, simplemente, nunca había sido y lo que pasó fue que lo soñé.
Tuve que olvidar lo soñado. Eso fue.
Creo que a eso, exactamente, le llaman desilusión.
No entiendo ésto: que eres tan real, pero... fuiste una ilusión.´
Y siempre te sonrío cuando me sonríes de vuelta.

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